El embalse de Rosadoiro o de Sabón es escenario de situaciones de lo más variopintas. Construido en 1970 con el fin de abastecer de agua a la zona industrial circundante, se encuentra inevitablemente rodeado de carreteras y naves industriales. El ir y venir de ruidosos camiones es constante, y poco agradable para quien intenta pasear por la zona. Sin embargo, dentro del humedal la vida transcurre de una forma bien diferente y, a su vez, cada ser de los que aquí viven presenta aspectos y comportamientos muy dispares.
La primera historia es la de la agachadiza común (Gallinago gallinago), que descansa bajo el sol del invierno entre la vegetación que delimita el canal de entrada del río Seixedo al embalse.
Perfectamente mimetizada con el entorno, pasa largos minutos sin apenas moverse unos centímetros. Su sigilo y los tonos de su plumaje la ayudan a pasar desapercibida. Aunque, una vez vista, la que no pasa desapercibida es su belleza. Ni una pluma fuera de su sitio, y todas en conjunto formando un elegante traje. Y su interminable pico, que hunde repetidamente en el barro como si de una máquina de coser se tratase.
Por encima de ella pasa un proyectil de intensos colores: es el martín pescador (Alcedo atthis).
Sobrevuela el agua a velocidad de vértigo, parándose durante solo unos segundos antes de emprender el vuelo de nuevo. Su vivo plumaje luce aún más en días soleados. Como la agachadiza, posee un pico de tamaño proporcionalmente muy grande, que en este caso es utilizado para apresar a sus víctimas tras lanzarse en picado sobre el agua.
La agachadiza y el martín pescador conviven en el mismo hábitat, cada uno a su manera. Tan distintos y tan parecidos.
Mientras tanto, los camiones entran y salen del polígono sin descanso. Algunos transportan los alimentos que llenan nuestras neveras, como los invertebrados y peces que calman el hambre de la agachadiza y el martín pescador. Otros llevan materiales de construcción para nuestras edificaciones, igual que la agachadiza construye su nido entre la vegetación o el martín pescador en las paredes arcillosas. Y muchos otros trasladan ropa de las empresas textiles punteras que se asientan aquí, para que podamos abrigarnos y ponernos guapos, lo mismo que las aves con sus plumajes. En el fondo, resulta que nosotros tampoco somos tan diferentes. A nuestra manera.
El Peneda-Gerês es el único espacio natural catalogado como Parque Nacional de Portugal. En el límite con Galicia, tuve la ocasión de verlo de pasada, sin apenas bajar del coche. Pero merece la pena visitarlo con más tiempo para descubrirlo a fondo.
En general, diría que el paisaje es diferente a lo que conocía hasta ahora. El relieve es accidentado, con cumbres que llegan a sobrepasar los 1500 metros de altitud, y muy rocoso, pero de aspecto muy distinto a la típica caliza de Asturias. Los peñascos a veces dan lugar a formas curiosas que pueden recordar a estampas de Galicia como el monte Pindo, pero la vegetación está mejor conservada, aunque hay un poco de todo: extensos pinares, laderas totalmente tupidas de mimosas, bosques húmedos de robles recubiertos de usnea... eso sí, parece que han podido mantener al eucalipto a raya.
El agua juega un papel primordial en el parque, y los arroyos de aguas claras que descienden rápidamente ladera abajo surgen por todas partes. En ocasiones, dan lugar a bonitos parajes como la cascada del río Arado.
El observatorio de aves de Cecebre me gusta, entre otras cosas, porque sin salir de él se tiene acceso a diferentes hábitats. La semana pasada estuve por allí y, como tanto en el agua como en las orillas del embalse no se observaba gran cosa (al menos, nada diferente a lo habitual), decidí fijar mi objetivo en los árboles que rodean la parte trasera de la caseta.
Mosquiteros, reyezuelos y mitos recorrían sin descanso las ramas, aún desnudas, de los árboles de hoja caduca. Entre la densidad del ramaje y que no paraban quietos, sólo conseguí una foto decente de este mito (Aegithalos caudatus).
Un color diferente entre los árboles llamó de pronto mi atención. Era un macho de camachuelo común (Pyrrhula pyrrhula). Qué ave tan hermosa.
Nueva revisión a la actividad en el pantano: cercetas, porrones moñudos y... ¿esos dos?
Edición: se veían algo distintos a los demás, por lo que pensé en la posibilidad de que fueran porrones bastardos. Sin embargo, gracias a la ayuda de fenixavisunica y Xabi Varela, queda claro que se trata de dos hembras de porrón moñudo (Aythya fuligula). ¡Muchas gracias a los dos!
Ya de retirada, pude presenciar una curiosa escena, en la que una gaviota había atrapado un cangrejo de río, pero estaba en el agua y parecía no saber muy bien cómo llevárselo al buche. Sacude la cabeza hacia un lado, hacia el otro... y al final, lo engulle entero y se queda tan ancha. ¡Buen provecho!
Aprovechando un viaje por la zona, decidí hacer una escapada express para conocer el Cabo Home. La idea era llegar hasta allí en coche, pero mi desconocimiento de la zona, unido a la escasa señalización en las carreteras, hicieron que acabase en otro lugar, eso sí, no muy lejano a mi destino. Y el aparente inconveniente pronto se convirtió en una bonita experiencia.
Dejé el coche a la entrada de un extenso pinar que invitaba a ser explorado. La tranquilidad del lugar en una mañana fresca y soleada era el escenario perfecto para desconectar durante un rato de las preocupaciones y la rutina diaria. Y la verdad es que merece la pena perderse durante unos instantes por el laberinto de caminos que conforman este paisaje.
Caminos que seguramente no son transitados sólo por el hombre, aunque durante mi paseo esta ardilla fue prácticamente lo único que puso algo de movimiento en un paraje en el que parecía que se había detenido el tiempo.
Y al final, todos los caminos conducen a la paradisiaca playa de Barra, de arena fina y clara, bañada por gélidas y transparentes aguas del Océano Atlántico.
Afortunadamente, el urbanismo no ha llegado a todas partes y aún nos quedan tesoros como este.
En el extremo Oeste del arenal, tomo un sendero litoral que deja atrás la playa y se adentra en la Ría de Vigo. Al otro lado, la bruma difumina el caos urbanístico de la gran ciudad. Destaca la silueta de la aberración arquitectónica de la isla de Toralla.
Unos metros más adelante, el sendero gira tierra adentro por un bosquete de eucaliptos, siendo el único tramo con pendiente ascendente.
Pronto llego a una pista de tierra más ancha desde la que, unos minutos más tarde, ya puedo ver el faro del Cabo Home. Al final lo encontré.
Y así, en apenas media hora de caminata, alcanzo uno de esos lugares tan característicos de esta tierra gallega, donde la tierra y el mar se abrazan en un sinfín de retorcidos kilómetros de costa. Desde este punto las Islas Cíes quedan a tiro de piedra, y la vista es digna de quedarse un buen rato empapándose de la magia del lugar.
Típica tarde de invierno en Cecebre. El sol amenaza con despedirse hasta el día siguiente, pero en el pantano aún hay actividad. Desde el puesto de observación detecto en la lejanía una silueta algo diferente a lo que estoy acostumbrado: es una avefría europea (Vanellus vanellus). Se trata de la primera y única que he podido observar. Visto y no visto, pues cuando vuelvo a mirar, con la esperanza de que se haya acercado un poco a mi posición, ya se ha esfumado.
Más cerca, los habituales que acostumbrar a acompañarme en este lugar del humedal: un par de andarríos chicos (Actitis hypoleucos, uno de ellos visiblemente cojo), lo que creo que es un andarríos grande (Tringa ochropus, en la siguiente foto), y un archibebe claro (Tringa nebularia) que está muy activo.
A un lado, un diminuto arroyo realiza su humilde aportación de agua al embalse. Las lluvias recientes hacen que el caudal sea mayor de lo normal. Por allí se muestra durante unos segundos una garza real (Ardea cinerea). Sale de entre la maraña de ramas, da media vuelta y se vuelve a ocultar.
A lo lejos, el telescopio revela la presencia de 6 espátulas, algunos porrones, cucharas, cormoranes, zampullines y numerosas cercetas y gaviotas. Parece que eso es todo lo que me toca ver hoy, que no está nada mal. Pero como la naturaleza siempre se guarda algo, sin previo aviso se presenta el que va a ser el protagonista de la jornada: el martín pescador (Alcedo atthis).
Como suele hacer, entra en escena a una velocidad de vértigo, pero esta vez ha venido para quedarse. Se trata de una hembra y sabe muy bien a lo que viene. Las orillas del pantano están repletas de viejos troncos y ramas, probablemente una mezcla de lo que arrastran las riadas y de los árboles que poblaban el antiguo bosque, hoy sumergido. Y en el riachuelo por el que asomaba la garza parece que abundan los pececillos. Es la combinación perfecta.
Durante un buen rato, el pequeño y colorido pajarín me ofrece una auténtica exhibición de lo que es la eficacia de un experto pescador. Una y otra vez se lanza sobre el agua en ataques fugaces que terminan con un indefenso alevín en el arma letal que es su pico. Luego vuelve a su posadero, engulle a su presa y espera pacientemente la siguiente oportunidad para alimentarse. Durante el tiempo que estuve observándolo, debio lanzarse al agua entre 15 y 20 veces, y creo que no falló en ninguna de sus zambullidas. Desde luego que ese día no se fue a dormir con hambre. Por mi parte, yo disfruté del espectáculo y, a pesar de la escasa luz, pude obtener varias fotografías e incluso algún video.
Poco a poco, los rayos del sol fueron perdiendo intensidad y a mí me llamaban otras obligaciones, por lo que abandoné el lugar. Allí dejé a la martina pescadora, que seguía a lo suyo. Seguramente su vida solitaria termine en pocos días, durante el mes de febrero. Entonces coqueteará con un macho que, tras persecuciones y danzas, terminará por ofrecerle un pequeño pez para que lo acepte definitivamente como pareja y dar así lugar a una nueva generación de estas fantásticas aves.
La cuesta de la Llorera tengo de subirla garbosa para ver la reliquia de la Magdalena hermosa.
(Canto popular)
El Monsacro es una montaña cargada de historia, leyendas y misterios. No en vano es una de las dos montañas sagradas de Asturias, junto a la de Covadonga. Su ascensión es perfecta para iniciarse en las rutas de montaña, y una vez que se hace por primera vez, es muy difícil no repetir. A la cumbre se puede acceder desde varios puntos de partida, entre los que destacan Viapará, Los Llanos y La Collada. Ésta última ruta es la de mayor dificultad por la fuerte pendiente que hay que salvar, dando la sensación de estar haciendo un verdadero ascenso hacia el cielo. Quizá este significado la convierte también en la ruta más tradicional.
Siguiendo las instrucciones del cartel que marca el inicio de la subida, los primeros metros transcurren junto a un un bonito bosquecillo.
En mi última visita, me llamó la atención el tamaño de algunos heléboros (Helleborus viridis).
La ruta se eleva por la llamada cuesta de la Llorera o de la Magdalena, serpenteando con grandes lazadas y con pendiente constante.
El camino se va haciendo cada vez más estrecho, al tiempo que se va obteniendo una visión panorámica fascinante hacia el norte de la región. En primer término aparece Santa Eulalia de Morcín. Siguiendo el curso del río Caudal, cruzamos el polígono de Argame y nos encontramos con la central térmica de Soto de Ribera. Detrás, la histórica urbe de Oviedo, a los pies del monte Naranco. Y si el día es muy claro, se puede dejar volar la mirada hasta el mar Cantábrico. La única nota discordante del camino la ponen las instalaciones de energía eléctrica, que va saltando las dificultades que el terreno que le pone entre las centrales de Soto de Ribera y La Robla.
Tras pasar a la vera de una gran piedra a modo de mirador conocida como Silla del Obispo (pues la tradición cuenta que Santo Toribio se sentó ahí a descansar), el empinado sendero desemboca en el Mayáu de les Capilles, que aparece ante nuestros ojos como un escenario idílico. Aquí el ganado, sobre todo en verano, pasta libremente en torno a una pequeña laguna, y es en el umbral de esta vega donde se encuentran, separadas por unos cientos de metros, las emblemáticas capillas del Monsacro.
Probablemente, la dureza de la subida nos haya hecho pensar que estamos llegando a un lugar inhóspito y poco transitado. Nada más lejos de la realidad, este lugar ha sido testigo de milenios de actividad humana. Eso, unido a su belleza natural, lo hace único. Aquí se ha encontrado una necrópolis datada en la Edad del Bronce, hachas de piedra pulimentada, dólmenes y restos de tumbas precristianas. En definitiva, todo un cúmulo de evidencias de que la tierra que estamos pisando ya era considerada, hace miles de años, un lugar sagrado y un símbolo de poder.
La construcción de las dos ermitas se sitúa en el siglo XII o XIII y pueden estar relacionadas con la existencia del movimiento peregrinatorio a Santiago de Compostela a través del llamado Camino Primitivo que inauguró el rey Alfonso II el Casto y su corte, en el año 814. Su magnífico enclave seguro que ha sido un factor determinante para que hayan sobrevivido a los episodios bélicos sobrevenidos a lo largo de la historia y hoy en día han sido declaradas monumento histórico artístico y se encuentran en un estado de conservación más que bueno.
La capilla de abajo o de la Magdalena es una construcción sencilla y humilde, de nave rectangular y ábside semicircular propios de un estilo románico tardío. Dentro posee restos de murales del siglo XV.
A todo lo dicho, hay que añadir que en el Monsacro crece el llamado "cardo mágico" que, según costumbres que perduran hasta hoy día, posee cualidades altamente curativas. Era costumbre en la ya casi desaparecida romería de La Magdalena, que los peregrinos recogiesen dichas plantas en la cumbre. Según el canto popular:
Si vas a la Magdalena, cuando vengas tráeme un cardo: a ti te sirve de alivio y a mí me das un regalo.
Atravesando la majada y ganando unos metros de altura se encuentra la capilla de arriba o de Santiago, que tiene una historia si cabe más fascinante. Se levanta sobre una peculiar planta octogonal, lo que algunos autores relacionan con el estilo arquitectónico de los caballeros templarios. Bajo un altar de piedra, se encuentra el Pozo de Santo Toribio, de donde se extraía la tierra a la que se atribuían propiedades curativas.
Según la sabiduría popular, esta ermita está estrechamente ligada con el Arca Santa y las Sagradas Reliquias, existiendo dos historias sobre ello:
La primera de ellas cuenta que Santo Toribio, obispo de Astorga, viajó a Tierra Santa, reunió las reliquias para salvaguardarlas de las invasiones persas y, tras llegar a la costa asturiana, concretamente a Luarca (lugar del arca), se dirigió con el arca al Monsacro, depositándola en un pozo dolménico sobre el cual mandó construir la ermita.
Según la otra leyenda, el Arca Santa, ante la inminencia de la invasión musulmana, es trasladada por Don Pelayo desde Toledo, capital del Reino Visigodo, hasta tierras Astures, siendo depositada y custodiada en la ermita de arriba.
Finalmente, el Arca Santa enterrada en el Monsacro, que podría contener tanto las reliquias traidas por Santo Toribio desde Tierra Santa como las que se habían trasladado desde Toledo, fue trasladada por Alfonso II a la Catedral de San Salvador en Oviedo, donde ha permanecido hasta la actualidad.
Una vez visitadas estas joyas del románico asturiano, proseguimos con la ascensión al Monsacro ganando altura en dirección a la cresta cimera, esta vez sin que haya un camino claramente marcado.
Avanzamos por los recuestos del pico La Fayona, que podemos visitar antes de recorrer los últimos metros y llegar a la cumbre final del Monsacro (1054 m).
En las pasadas fechas navideñas, algún montañero se encargó de que la cima del Monsacro dispusiese de su particular Belén. La gente nunca deja de sorprender.
La soledad del lugar sólo es interrumpida de vez en cuando por los montañeros o por alguno de sus verdadedos moradores, como este buitre leonado (Gyps fulvus).
Desde la pedregosa cima se puede contemplar la impresionante estructura de este conglomerado bloque de caliza que emerge por encima de las vegas y valles de Morcín. Aunque su altura sea modesta, desde aquí se tienen excelentes vistas de la zona central del Principado, con una inmejorable panorámica de toda la Sierra del Aramo.